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Familia,Mujer

Historia del portabebes

8 Abr , 2019  

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Uno de los instrumentos de maternidad que sin duda alguna ayudan mucho a las mamás de estos tiempos son los portabebes, como todo tiene una historia y aunque empezó usándose para las clases más pobres de la población, sobre todo las madres que tenían que ir a trabajar al campo, actualmente la gente siempre se ha tenido que desplazar ya sea por viajes largos o para trabajar, y sin duda los portabebes han ayudado a las madres a desplazarse y a ligerar la carga.

Cuando el cochecito de la reina Victoria se adaptó a la corte, se impuso rápidamente en los círculos de la alta sociedad. En esta clase social lo habitual era dejar a los niños al cuidado de nodrizas y nanas. La relación madre – hijo era distante, ya que en aquella época siempre se tenia que estar al cuidado también del marido,contratar a personal para el cuidado de los niños era símbolo de prosperidad y el cochecito pronto se convirtió en símbolo de bienestar.

El acto de portar a los niños se quedó poco a poco en el olvido, y a comienzos del siglo XX la cercanía y la satisfacción de las necesidades se equiparaban con mimos, y cuando en el año 1950 se consiguió producir la leche en polvo, se pudo trasladar la alimentación y todo el cuidado del bebé fuera del entorno familiar, para un apto crecimiento.

El biólogo Bernhard Hassenstein introdujo en 1970 la noción de “criatura portada” tipo mamífero, en donde se  caracterizaba por los buenos reflejos de agarre en los pies y en las manos, lo que permite aferrarse a la madre. El ser humano forma parte de los “portados” pasivos, esto quiere decir que los recién nacidos no son capaces de sostenerse solos sino que dependen del apoyo de la madre. Otras características de los portados son los órganos sensoriales parcialmente desarrollados y una inestable regulación de la temperatura.

Antiguamente se calificaba erróneamente al ser humano como especie nidícola y se dispensaban cuidados acorde a ello. Según las conclusiones de Bernhard Hassenstein los “portados” constituyen un tipo propio con necesidades especificas acordes a su especie. Necesitan la cercanía inmediata de la madre así como el calor y el contacto corporal para seguir madurando y poder desarrollarse bien. Al portar a los niños en el fular se satisfacen todas esas necesidades. Desde la década de los ochenta esta cuestión ha vuelto a resurgir en nuestras sociedades.

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